Primero de un tirón y sin escalas, por lo menos hasta la primera caída. Fue un duro golpe para nuestro ego enterarnos de que, para seguir, debíamos volver a empezar... pero lo hicimos.
Y aprendimos de paso que el camino hacía arriba hay que hacerlo escalonadamente.
Todos empezamos allí,sintiéndonos alguna vez un granito de arena insignificante en un cosmos inalcanzable... Y luego con paciencia, trabajo, esmero y renuncia, fuimos, vamos e iremos recorriendo todo el camino de nuestro plano, en el sentido del crecimiento, en un rumbo ascendente.
Un día llegamos arriba, al lugar más alto.
Y nos damos plena cuenta de que hemos logrado algo importante. Y nos damos cuenta de que es bueno, muy bueno, estar allí.
Los demás, que recorren sus propias rutas en el mismo plano, quizá un poco más abajo, nos miran. Ellos también registran nuestro logro: hemos llegado arriba. Algunos sonríen, otros aplauden. Nos vuelven a mirar. Nos buscan, nos halagan, nos admiran. Muchos preguntan, sin maldad: ¿como llegasteis?¡Qué bien!¿Cómo lo hiciste?
Querríamos contestar, pero nos damos cuenta de que la pregunta es retórica y la respuesta, en realidad, inútil, por lo menos para ellos... Y sin embargo su actitud, la de todos, nos obliga a mirar hacia atrás y nos empuja a revisar todo lo padecido, sufrido y perdido en el trayecto, y tomamos conciencia de que lo pasado valía la pena si era precio por estar allí; no tanto por el halago de esos otros, como por saber lo lejos y mejor que estamos en aquella nada que fuimos.
Y aprendimos de paso que el camino hacía arriba hay que hacerlo escalonadamente.
Todos empezamos allí,sintiéndonos alguna vez un granito de arena insignificante en un cosmos inalcanzable... Y luego con paciencia, trabajo, esmero y renuncia, fuimos, vamos e iremos recorriendo todo el camino de nuestro plano, en el sentido del crecimiento, en un rumbo ascendente.
Un día llegamos arriba, al lugar más alto.
Y nos damos plena cuenta de que hemos logrado algo importante. Y nos damos cuenta de que es bueno, muy bueno, estar allí.
Los demás, que recorren sus propias rutas en el mismo plano, quizá un poco más abajo, nos miran. Ellos también registran nuestro logro: hemos llegado arriba. Algunos sonríen, otros aplauden. Nos vuelven a mirar. Nos buscan, nos halagan, nos admiran. Muchos preguntan, sin maldad: ¿como llegasteis?¡Qué bien!¿Cómo lo hiciste?
Querríamos contestar, pero nos damos cuenta de que la pregunta es retórica y la respuesta, en realidad, inútil, por lo menos para ellos... Y sin embargo su actitud, la de todos, nos obliga a mirar hacia atrás y nos empuja a revisar todo lo padecido, sufrido y perdido en el trayecto, y tomamos conciencia de que lo pasado valía la pena si era precio por estar allí; no tanto por el halago de esos otros, como por saber lo lejos y mejor que estamos en aquella nada que fuimos.
Y el tiempo pasa...
Y después de recorrer una y más veces cada punto del plano, uno se da cuenta de que no puede quedarse allí, quieto para siempre. Va y viene, cada vez con más facilidad; controla y maneja todo el plano, domina y salva cada dificultad, casa vez con más arte, cada vez con más rapidez...
Los demás festejan casi enardecidos cuando, queriendo o sin querer, nuestra cabeza choca con el techo...
Y entonces llega el gran momento,junto con un creciente dolor de cuello de tanto tener la cabeza aplastada contra la parte más alta del plano: la hazaña y los aplausos comienzan a aburrirnos y vamos perdiendo el interés por estar en ese envidiado lugar.
Es el momento en el que uno hace el gran descubrimiento:
En el techo hay un acceso oculto . Una especie de puerta-trampa que sale del plano y se abre hacia arriba. Una abertura que no se veía desde lejos, que sólo se ve cuando uno está allí arriba, en el límite máximo, allí, con la cabeza aplastada contra el techo. Entonces uno abre la puerta... un poquito...y mira...
La puerta da paso a otro plano del que nunca habíamos tenido noticia.
Nunca se nos había ocurrido pensar que este plano, en el que nos habíamos movido desde siempre, no era el único. Y uno asoma la cabeza, Y se da cuenta de que el plano al cual llegamos es tan grande como éste, o más.
Otra ves está allí, abajo, en el rincón...
Otra vez solo...
Otra vez temoroso y a ratos desesperado...
Nos sentimos otra vez una minúscula basurita insignificante, aunque ahora seamos "una nada mucho más consciente", con el recuerdo de haber sido para otros un guía, un maestro, un ídolo.Y después de recorrer una y más veces cada punto del plano, uno se da cuenta de que no puede quedarse allí, quieto para siempre. Va y viene, cada vez con más facilidad; controla y maneja todo el plano, domina y salva cada dificultad, casa vez con más arte, cada vez con más rapidez...
Los demás festejan casi enardecidos cuando, queriendo o sin querer, nuestra cabeza choca con el techo...
Y entonces llega el gran momento,junto con un creciente dolor de cuello de tanto tener la cabeza aplastada contra la parte más alta del plano: la hazaña y los aplausos comienzan a aburrirnos y vamos perdiendo el interés por estar en ese envidiado lugar.
Es el momento en el que uno hace el gran descubrimiento:
En el techo hay un acceso oculto . Una especie de puerta-trampa que sale del plano y se abre hacia arriba. Una abertura que no se veía desde lejos, que sólo se ve cuando uno está allí arriba, en el límite máximo, allí, con la cabeza aplastada contra el techo. Entonces uno abre la puerta... un poquito...y mira...
La puerta da paso a otro plano del que nunca habíamos tenido noticia.
Nunca se nos había ocurrido pensar que este plano, en el que nos habíamos movido desde siempre, no era el único. Y uno asoma la cabeza, Y se da cuenta de que el plano al cual llegamos es tan grande como éste, o más.
Otra ves está allí, abajo, en el rincón...
Otra vez solo...
Otra vez temoroso y a ratos desesperado...
Jorge Bucay